pero lo hacemos igual

03 julio, 2016

Dar órdenes

El sexo con mi novia era espectacular, explorábamos todos los límites sin juzgarnos y, sobre todo, nos dejábamos llevar. Nos queríamos mucho. En ese sexo el traspaso de límites era siempre consentido. Confiábamos en el otro, no nos juzgábamos, no nos teníamos miedo y, sobre todo, nos dejábamos llevar. Cada paso lo hacíamos de la mano, entonces nunca nos sentíamos mal por las decisiones hot del otro. No había mucho que hablar, todo era hacer y aceptar, o tal vez corregir, para que lo que se hacía se hiciera bien. Lo que quiero decir es que nunca tuve que darle órdenes, no era parte de nuestro juego imponerse el uno sobre el otro. Ella fue mi Boot Camp, fuimos nuestro pico de exploración sexual. Después cortamos y conocí otros cuerpos. Al poco tiempo empecé a coger con otra mina que me calentaba tanto o mucho más. Mentira, a las personas no se las puede comparar entre sí, pero con esta flaca todo era diferente. Ella era bien golfa, decía pija, y más que marcar el camino, prefería que la lleven; le gustaba que la sometan a la pija. Como le dije a mis amigos alguna vez, a esta mina “le cabía el imperativo”, le cabía que le den órdenes. 

El sexo era bien hot, pasional, sucio, fuego fuego fuego. "Quiero algo y lo quiero ya". Lo que ella quería, me lo pedía. Y si yo le daba una orden, ella la respondía al pie de la letra.

La primera vez que me pide algo, me la estaba chupando con su manera infernal de chuparme la pija y me pregunta ¿Luc… ¿no me vas a coger…?, casi al límite de lo bebota. Su pedido me calienta de sobremanera y le digo que sí, pero que primero quiero que se la coma toda. Y cuando se la come entera le agarro la cabeza para que haga tope dos segundos más, y cuando se levanta como un santito le digo ahora te voy a coger. Y reee cogimos.

Después de esas primeras veces entendí que el juego que más le gustaba era el de que le den órdenes. Y empecé a dárselas: “Vení YA y chupamelá”, “Ponete en cuatro pendeja”, “Cométela toda”, “TODA”, “Abrí YA las piernas. Abrilas BIEN”, “Chupame los huevos y pajeame”, “Te voy a acabar toda la cara y más te vale dejarme la pija limpia”. Este dirty talking nos ponía a mil a los dos. 

Yo con ella estaba descubriendo algo en mi: el placer de dar órdenes. Ese placer de tener todo el poder en tus manos y ejercerlo a tu antojo es una fuerza que corre por dentro tuyo, una fuerza que solo es fuerte si la persona que tenés enfrente la acepta, no la discute y la cumple. Es la fuerza de “vas a hacer lo que yo quiera, cuando yo te diga”. Es una fuerza que incluso te pide que la lleves al punto máximo, para ver cuál es tu alcance, para ver hasta dónde llegás, para mostrarte de lo que sos capaz de hacer si te dan el lugar para hacerlo.

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